Durante un tiempo, Manuel no supo nada de la joven. Durante los primeros días no la echó en falta, porque pensaba que estaba cogiendo el anterior o el posterior autobús al que él iba, pero durante los siguientes días, empezó a echarla de menos, y eso que no tenía ninguna relación con ella porque ni siquiera sabía su nombre.
Con el paso del tiempo, la puntualidad que poco a poco Manuel iba adquiriendo debido a aquella chica, se fue esfumando. De nuevo, salía a destiempo y llegaba deprisa y corriendo a aquel autobús. Poco a poco, fue perdiendo la esperanza de volver a verla, pero sin embargo, no cedió en su empeño de buscarla, ya que incluso salía antes de su casa para coger el autobús de antes. Tan pronto salía de casa, que cuando llegaba a su instituto, se encontraba con las puertas cerradas y solía esperar grandes ratos hasta que se abrieran las puertas. Y esto, para Manuel, era una gran aberración, puesto que él detestaba esperar. Como punto extremo, un par de días llegó tarde a las clases, porque cogía el autobús siguiente por si aquella chica había cambiado la hora del autobús.
En uno de sus solitarios viajes, sin la compañía indirecta de la chica, hizo una introspección y mantuvo un diálogo consigo mismo, con su otro yo: -Quizás la asusté mirándola tanto-, pensó más de una vez hacia sus adentros un Manuel bastante preocupado. Y eso que aún no sabía su nombre.
Sin embargo, cuando más había evitado recordarla, de repente, la joven, cierto día apareció. Llevaba días soñando con volverla a ver. Ya todas las chicas del instituto le parecían iguales y eso que apenas mantenía relación con ella. Aunque no había conseguido ni siquiera hablar con ella, le resultaba la más especial, la más distinta, la más bella y la más perfecta chica que jamás había visto.
Por otra parte, Manuel sentía que no era momento de quedarse quieto contemplando aquellos ojos y esa preciosa sonrisa, así que, en un día corriente, en los que nunca suele pasar nada en la vida de Manuel, se armó de valor y, a apenas dos asientos de la joven, cedió su asiento a una anciana que parecía fatigada con el simple hecho de permanecer de pie. La joven, al ver el noble acto de Manuel, esbozó una leve sonrisa y un gesto claro de aprobación, como si estuviera dando el visto bueno a la acción de Manuel.
Mientras tanto, Manuel a lo suyo, con otra de sus típicas introspecciones, intentó elaborar un diálogo para romper el hielo con la joven. Que más que un hielo, parecía un iceberg, como aquel que sesgó el Titanic.
-¿Fumas? ¡Pero qué dices Manuel! ¿Eres imbécil? ¡Si ni siquiera fumas ni tienes un cigarro para ofrecerla! Si esto es lo mejor que tienes, vamos mal-, pensó para sus adentros.
Por suerte, la chica estaba embobada mirando a la ventana, pero parecía agobiada por la mirada penetrante de Manuel, sintiendo que alguien la estaba invadiendo su espacio vital. Sin embargo y esta vez, le gustaba que aquel chico se fijase en ella y que le sonriese. En ese momento, una chispa surgió dentro de la joven.
Nada más por hoy, sólo dar las gracias a Ivy por ayudarme a componer la historia. Paz y amor.
jueves, 14 de abril de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
Cómplices. (Parte 1)
Manuel era un muchacho joven, agradable y tímido, pero bastante divertido cuando se sentía a gusto con la gente que estaba a su alrededor. Tenía siempre la manía de llegar tarde a todos los sitios. Y no importaba si se planificaba el tiempo, ya resultara por cualquier causa, que siempre tenía que excusarse por haber llegado tarde.
Manuel, que cursaba 2º de Bachillerato, necesitaba de un autobús para llegar a su instituto todas las mañanas. Como ya he dicho anteriormente, Manuel era muy impuntual, por lo que os podéis imaginar cómo cogía el autobús todas las mañanas: deprisa y corriendo.
Cuando llegaba el autobús que precisaba coger, que por cierto, tenía calculada su llegada, lo cual hace más reprochable su actitud, siempre lo cogía deprisa y corriendo. Decía que era una tontería estar esperando mientras llovía, se asaba de calor o se moría de frío.
Manuel llegaba exhausto y jadeando, picaba el billete y se colocaba en el mismo lugar todas las mañanas: Siempre de pie cerca de la puerta. Decía que se colocaba ahí para cuando tuviera que bajar, no hubiera nadie que le cortara el paso hacia la salida.
Un día corriente en el que llegó al autobús sin respiración, mientras recuperaba el aliento y el autobús reemprendía la marcha, se fijó en una chica que no dejaba de mirar por la ventana del autobús. La joven, que subía al autobús 3 paradas antes que él, siempre tomaba asiento en el mismo lugar: segunda fila tras la puerta de salida, siempre en el lado de la ventana para poder mirar tras ella.
Cuando Manuel la miró, ella debió de sentir algo, probablemente que alguien la estaba mirando. Apartó la vista de la ventana y le miró. Era guapísima. Él apartó la mirada velozmente porque se moría de la vergüenza.
Cuando llegó a su parada y se bajó del autobús, esbozó una leve sonrisa que demostraba que algo había ocurrido, porque pocas veces agachaba la cabeza y se moría de la vergüenza ante una persona desconocida.
Al día siguiente, Manuel estuvo esperando al autobús, algo insólito en él, pero lo hizo con un objetivo: concienciarse de que no podía ser vergonzoso. Entonces, llegó el autobús. Ya antes de subir, él se percató de que la chica estaba en el mismo lugar de siempre: segunda fila tras la puerta de salida en el lado de la ventana.
Al subir al autobús, Manuel parecía un chico fuerte en sus convicciones, obligado a mantener el tipo ante la chica, pero no pudo hacerlo. La volvió a mirar. Volvió a pasar vergüenza, aunque esta vez era diferente: ella también sentía vergüenza, esgrimiendo una leve sonrisa tras mirarle.
Continuará. Paz y amor.
Manuel, que cursaba 2º de Bachillerato, necesitaba de un autobús para llegar a su instituto todas las mañanas. Como ya he dicho anteriormente, Manuel era muy impuntual, por lo que os podéis imaginar cómo cogía el autobús todas las mañanas: deprisa y corriendo.
Cuando llegaba el autobús que precisaba coger, que por cierto, tenía calculada su llegada, lo cual hace más reprochable su actitud, siempre lo cogía deprisa y corriendo. Decía que era una tontería estar esperando mientras llovía, se asaba de calor o se moría de frío.
Manuel llegaba exhausto y jadeando, picaba el billete y se colocaba en el mismo lugar todas las mañanas: Siempre de pie cerca de la puerta. Decía que se colocaba ahí para cuando tuviera que bajar, no hubiera nadie que le cortara el paso hacia la salida.
Un día corriente en el que llegó al autobús sin respiración, mientras recuperaba el aliento y el autobús reemprendía la marcha, se fijó en una chica que no dejaba de mirar por la ventana del autobús. La joven, que subía al autobús 3 paradas antes que él, siempre tomaba asiento en el mismo lugar: segunda fila tras la puerta de salida, siempre en el lado de la ventana para poder mirar tras ella.
Cuando Manuel la miró, ella debió de sentir algo, probablemente que alguien la estaba mirando. Apartó la vista de la ventana y le miró. Era guapísima. Él apartó la mirada velozmente porque se moría de la vergüenza.
Cuando llegó a su parada y se bajó del autobús, esbozó una leve sonrisa que demostraba que algo había ocurrido, porque pocas veces agachaba la cabeza y se moría de la vergüenza ante una persona desconocida.
Al día siguiente, Manuel estuvo esperando al autobús, algo insólito en él, pero lo hizo con un objetivo: concienciarse de que no podía ser vergonzoso. Entonces, llegó el autobús. Ya antes de subir, él se percató de que la chica estaba en el mismo lugar de siempre: segunda fila tras la puerta de salida en el lado de la ventana.
Al subir al autobús, Manuel parecía un chico fuerte en sus convicciones, obligado a mantener el tipo ante la chica, pero no pudo hacerlo. La volvió a mirar. Volvió a pasar vergüenza, aunque esta vez era diferente: ella también sentía vergüenza, esgrimiendo una leve sonrisa tras mirarle.
Continuará. Paz y amor.
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