domingo, 22 de enero de 2012

Grandes frases. Grandes personajes. Grandes momentos.

Hola a todos. La entrada que váis a leer a continuación va dedicada a una persona muy especial. Nada cambia, tan sólo me apetece recalcarlo.

La vida de Alberto iba totalmente sobre ruedas, pues tenía a su lado a Eva, su novia. Alberto estaba tremendamente feliz junto a Eva, porque se sentía escuchado, porque se sentía comprendido, porque recibía los mejores consejos y, lo más importante, porque se sentía querido y amado.

De todos es sabido que cuando uno es feliz, todo va rodado y por consiguiente, todo lo haces bien, por eso Alberto sacaba muy buenas notas en el instituto. Sus profesores y sus padres estaban tremendamente sorprendidos de lo que Alberto podía llegar a hacer, es más, hasta el propio Alberto alucinaba cuando veía puesto en práctica todo su potencial. Cuando la alegría y las buenas vibraciones estaban en armonía, todo sale redondo, a pedir de boca.

Cuando ambos salían a dar un paseo, siempre era Alberto quien decidía a dónde ir, ya que Eva afirmaba que no le importaba el lugar donde ir si era junto a Alberto.
Obviando ese minúsculo problema, decir que era siempre Alberto quien le confesaba a Eva lo nervioso que estaba junto a ella, aunque ella también lo estuviera y no lo dijera.
La respuesta de Eva era siempre instantánea a la vez que repetitiva: -Pero si no te voy a comer. ¡En todo caso lo haría a besos!- exclamaba Eva entre carcajadas.

A la vez que la pareja se iba asentando, iban cayendo en la rutina sin que ninguno de los dos pudiera hacer nada. Repetían con frecuencia los sitios donde pasear, cuando se quedaban en casa, bien de Eva o bien de Alberto, se sentaban en el sillón y se quedaron absortos viendo cualquier película o programa que estuvieran echando por la televisión en ese momento o bien ya no sabían qué regalarse en los cumpleaños o aniversarios, pues ambos ya tenían de todo.

Tras mucho reflexionar, Eva llegó a la conclusión de que ya no sentía por Alberto lo que sentía por él en un primer momento, así que le llamo, quedaron, y Eva le dijo a la cara a Alberto todo lo que pensaba y sentía por él.
Y en ese momento, a Alberto se le cerró el cielo y las puertas del infierno se abrieron ante sus ojos.

Tras recibir la fatídica noticia, Alberto se hundió, literalmente. A la hora que llegó a su casa tras haber hablado con Eva, su familia estaba cenando, pero Alberto pasó de largo por la mesa con los ojos llorosos y se dirigió enfilado a su habitación, donde se pasó toda la noche llorando.

Cuando Roberto, el mejor amigo de Alberto, se enteró de la ruptura de Eva y Alberto, éste se dirigió velozmente a la casa de su mejor amigo, para consolarle y posteriormente, levantarle el ánimo.
Tras varias horas de conversación, Alberto se dio cuenta de que su amigo tenía razón: Había que sacudirse el polvo de las vestiduras, levantarse y seguir caminando pues no merece la pena permanecer eternamente lamentándose de algo que ya había terminado.

No obstante, ahí no acabaron los efectos de la ruptura con Eva: Alberto empezó a suspender asignaturas de manera alarmante pues poco tiempo atrás, Alberto era un estudiante estupendo. En ese momento, sus padres decidieron actuar hablando con él pues veían y sentían que Alberto no caminaba hacía ningún futuro, hacia ninguna meta que alcanzar.

Un viernes cualquiera, Roberto llamó a Alberto de manera atropellada para que éste fuera a su casa ya que debía contarle algo muy importante que no podía hacerse por teléfono.
Como Alberto no tenía que hacer nada los viernes pues tiempo atrás los empleaba en quedar con Eva, decidió ir a casa de Roberto, aunque sin apenas ganas.

Cuando Roberto de la puerta de su casa y Alberto entró en ella, se oyó un unísono una palabra que Alberto le causó una felicidad inmensa: -¡Sorpresa!-.
Todos los amigos de Alberto se habían congregado en la casa de Roberto para poder animarle tras la difícil situación por la que estaba atravesando. Por fin la cara de Alberto lucía una sonrisa. Tímida, pero sonrisa al fin y al cabo pues estaba comprobando con sus propios ojos que no estaba solo en la vida y que, además de sus padres, contaba con unos buenos amigos que no dudaron en ayudarle ni un sólo instante.

Y en ese momento, el timbre de la casa de Roberto sonó repetidas veces, dando la impresión de que la persona que estaba al otro lado de la puerta, reclamaba insistentemente que alguien abriera.
Alberto, que se percató de que timbre sonaba, se excusó de unos amigos con quien estaba hablando y abrió la puerta. Era Ana, la mejor amiga de Eva.

Y ese fue el instante en el que Alberto comenzó a llorar desconsoladamente, apoyándose en el hombro de Ana, pues veía en ella todos los fantasmas que había enterrado hace bien poco.
-Tengo que hablar contigo-, dijo Ana con voz suave pero a la vez demostrando seriedad. Alberto se dio cuenta rápidamente de que Ana quería hablar de su amiga Eva.
-No tengo nada de qué hablar contigo-, dijo Alberto casi interrumpiendo a Ana.
-Pero yo sí-. Era Eva, que aparecía en la escena, que se había escondido en el piso de arriba mientras Ana intentaba hablar con Alberto.

Justo el momento en el que Eva intercambió esas tres palabras con Alberto, este cerró la puerta de un portazo, dejando fuera a Ana y Eva.
Sonó el timbre repetidas veces y de manera apresurada, a lo que Roberto intercedió y comentó Alberto que había estado hablando con Eva.

Éste le contó que había visto a Eva más triste que nunca, contando la verdad con pelos y señales, y lo más importante, se había dado cuenta del tremendo error que había cometido rompiendo con Alberto.
En un primer momento, Roberto pensó que se trataba de un truco de Eva en pro de lavar su imagen, pero nada más lejos de la realidad. Dio detalles, detalles con una carga de sinceridad que hicieron cambiar de opinión a Roberto, llegando éste a la conclusión de que Eva estaba realizando una confesión 100% verdadera.

Casi obligado por Roberto, Alberto abrió la puerta a Eva y se sentó hablar con ella en una habitación de la casa donde Eva realizó la misma confesión a Roberto, pues así era como se sentía y lo que verdaderamente pensaba.
En verdad Alberto, aunque la expresión de su cara era de enfado hacia Eva, en el fondo estaba tremendamente feliz, pues volvía a hablar con la persona que ocupaba su corazón hasta hacía bien poco.

Mientras Eva le contaba a Alberto toda la verdad, todo lo que sentía y todo lo que pensaba, a Alberto se le escapó una sonrisa.
-¿Se puede saber de qué te ríes?- preguntó Eva rozando el enervamiento.
Y entonces Alberto se llenó de valor y confesó a Eva que aún la quería, que sus sentimientos hacia ella no habían cambiado ni un ápice y que estaba dispuesto a todo con tal de recuperarla.

Y en ese momento, Alberto citó a su tocayo alemán, Albert Einstein, mientras le miraba tiernamente a los ojos:
-Hay solo dos maneras de ver la vida: Una como si nada fuera un milagro y la otra…-
-¿Y cuál es la otra?-, preguntó Eva con interés.
Y justo en el momento en el que Alberto besaba a Eva, dijo:
-Como si todo fuera milagroso.-

Nada más por hoy. Paz y amor.

lunes, 9 de enero de 2012

Duro de verdad.

Hola a todos. ¿Qué tal estáis? Espero que bien. Lo primero de todo es excusarme por haber estado prácticamente 5 meses sin escribir absolutamente nada.
Como lo único que hago aquí es escribir, empiezo.

Jorge era un chico bastante normal, uno de esos cientos de miles con los que te sueles cruzar cuando vas por la calle. Era tímido, muy tímido.
Ana, su novia, por el contrario, era una persona de lo más extrovertida, bastante habladora cuya cualidad era la de empatizar con todo el mundo.

Cuando empezaron a salir juntos, muchos dijeron que esa pareja no iba a durar mucho, pues ambos caracteres chocaban de manera frontal, por lo que Jorge se veía frustrado muchas veces y aunque Ana intentara calmarle y animarle, Jorge asumía que Ana, como decía él mismo, “es mucha chica para mí”.
Aunque Ana sabía dejar de lado todo y centrarse en Jorge, tanta fue la presión que se ejerció sobre la pareja que muchas veces, el propio Jorge tuvo en mente la ruptura, pues no sabía cómo lidiar los comentarios y los cuchicheos de su círculo más privado de amigos.

En uno de estos momentos de flaqueza, Jorge pidió a Ana que durante un fin de semana no le llamara ni le escribiera ningún tipo de mensaje por el móvil. Jorge quería desconectar de todo y de todos para analizar todo fríamente y así poder realizar un mejor diagnóstico.
De repente, Jorge hizo frenar a su mente en seco y se puso a reflexionar sobre la fuerza que ambos han tenido para superar cualquier adversidad. Aunque Ana lo hacía mejor que él, Jorge se dio cuenta que él también sabía (a su manera), superar los comentarios más crueles y envidiosos de la gente con el simple propósito de ver cómo se rompe una pareja asentada.
Fue en ese momento cuando Jorge se llenó de orgullo, orgullo hacia sí mismo. Se sentía orgulloso de sí mismo. Era fuerte, pero no por sí sólo. Ana tampoco lo era por sí sola. Eran fuertes como una sola cosa. Una pareja. Algo indestructible. Y entonces, Jorge tomó papel y bolígrafo, abrió su corazón y plasmó éstas palabras:

“Ana:
Cuando te vi por primera vez, vi el amor. Cuando me tocaste por primera vez, sentí el amor. Y después de todo este tiempo, todavía eres la única que amo.

Parece que lo conseguimos, pues mira cuán lejos hemos llegado. Quizá nos haya llevado un largo camino pero sabíamos que llegaríamos a una meta muy lejana. Una meta que ya hemos alcanzado y sobrepasado con creces. Todo el mundo decía: “Apuesto a que nunca lo conseguirán”. Resulta irónico pues esas palabras han sido las que nos han dado fuerza y nos han ayudado a mantenernos.

Todavía seguimos juntos, siendo fuertes aún. Todavía eres la única por la que correría donde fuera, la única a la que pertenezco, eres la única a la que quiero de por vida.

Eres la única que amo, la única con la que sueño, la única que beso.
No hay nada mejor, ya que superamos todas las expectativas. Y me alegro que nadie haya escuchado que hemos roto.

Me alegro que lo hayamos conseguido. Ahora, sólo tenemos paz. Nadie nos perturba porque saben que topan con una pared más dura que cualquier cosa del mundo.
Y sólo está hecha de un material, uno sólo: El amor.

Porque ya he aprendido una valiosa lección: La única medida para el amor es el amor sin medida.

Te quiero infinito, porque bien sabes que después del infinito, no hay nada.
Jorge.”

…Y en ese instante, ambos se dieron cuenta de que, si ya de por sí la relación era sólida y dura, se ha convertido en una fortaleza infranqueable e inexpugnable, imposible de atravesar etimológicamente y metafóricamente hablando.

Nada más por hoy. Decir por último que espero escribir más a menudo, pero dependo del tiempo disponible que tenga y de que la musa de la inspiración se aparezca ante mis ojos.
Sed buenos. Paz y amor.