¿Habéis estado alguna vez seguros de algo?
-¡Menuda tontería! ¡Pues claro que hemos estado seguros de algo alguna vez!- Más o menos sería esa vuestra respuesta, que ya la voy vaticinando.
Debo llevaros la contraria una vez más y deciros que no, que nunca habéis estado seguros de nada. Siempre hay dudas. Nunca se está al 100% seguro de algo, puede que al 99% si, pero nunca al 100%.
Aunque ese 1% no sea determinante, siempre queda esa cosilla dentro que te hace pensar. Imaginemos por un momento que vamos a comprar una camiseta y hay 2 modelos que nos gustan, pero sólo disponemos de dinero para comprar una camiseta.
Tras una larga decisión, nos decantamos, por ejemplo, por la camiseta azul con 2 florecitas naranjas. -¡Menuda camiseta más chula me he comprado! Me encanta-. Sales súper contento de la tienda con tu bolsa, y esperas ansiosamente el momento de estrenar la camiseta.
Por fin llega el día en el que estrenas la camiseta, te queda genial. Mucha gente dice lo mismo, y tú lleno de júbilo te dices a ti mismo que qué bien elegiste la camiseta.
Pasado un tiempo, esa camiseta que tanto te gustaba, te empieza a aburrir, y la dejas guardada en el armario, señal de que ya no la usas asiduamente.
Justo en el momento que guardas la camiseta, llega a ti la duda y la incertidumbre. -Si me hubiera comprado la otra camiseta, la roja con el texto en blanco, ¿también la habría guardado en el armario?-.
Y es justo ahí cuando la inseguridad te asalta. Ya no puedes alardear de que has estado seguro de comprarte la camiseta azul con las florecitas naranjas, dejando a un lado la camiseta roja con texto blanco. Ya no eres libre de dudas. No has estado seguro al 100%. La duda, una vez más, te ha asaltado.
Éste es un simple, pero a la vez claro ejemplo de una de las miles de veces en las que hemos sentido inseguridad.
Lo que pretendo decir con ésta entrada es que nadie puede decir abiertamente que está seguro/a de todo, pues está mintiendo. Ninguna persona puede estar 100% segura de todo lo que piensa, hace o siente.
A mí esas personas que van mirando por encima del hombro del resto de la gente, sinceramente, me provocan carcajadas, porque son las personas más falsas del mundo. Aparenta ser la que está más segura en sí misma, pero en realidad es la persona con más inseguridades del mundo.
Nunca hemos estado seguros. No estamos seguros. Nunca estaremos seguros. De nada.
Nada más por hoy. Paz y amor.
domingo, 28 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Sueños demasiado imposibles.
Aquel joven rebosaba felicidad a cualquier hora del día, no se podía entristecer por nada del mundo. De los acontecimientos más macabros, sacaba siempre una nota positiva, algo que le hiciera sonreír y seguir adelante.
Pasados unos años, llegó a casa abatido, no podía articular palabra. Por primera vez ni sonreía ni se sentía alegre. Su habitación se había convertido en su santuario, el lugar perfecto para dejar atrás el mundo real y alejarse de la gente que le perjudicaba.
Sin embargo, eso no le reportaba una verdadera felicidad. Ahora, únicamente lloraba, intentado buscar las razones de su soledad. Parecía que todo el mundo estaba en su contra. Fue entonces, cuando dejó de dormir con regularidad.
Una de esas noches en vela en las que bien leía, bien jugaba con el ordenador o bien escuchaba música, se asomó por la ventana y se fijó en la Luna. Estaba muy bonita aquella noche. Había luna llena.
El joven empezó a hablar a la Luna, como si de una confidente se tratara:
-Ay, luna, lunera, si tú supieras todo lo que tengo yo dentro de mí y quisiera soltar…-
-Cuéntame pues, que yo te escucho-, dijo la luna mostrando un grandísimo interés.
El joven se sorprendió. ¡La Luna hablaba!
Empezó entonces a contarle todo lo que le sucedía, ante la gran atención que mostraba la Luna. Tras contarle todo lo que le sucedía, se estaba haciendo de día, a lo que la Luna, mostrando una cierta prisa dijo:
-Ya me tengo que ir. Mañana si quieres, nos volvemos a ver-, dijo la Luna con un tono amistoso.
El joven, al amanecer y no haber dormido ni un ápice, obviamente se mostraría cansado y con ganas de dormir. Nada más lejos de la realidad.
Estaba rebosante de energía. Aquella conversación con la Luna, le reportó una energía vital para vivir, y lo más importante, una sonrisa en los labios.
Aquel día resultó ser uno de los mejores de su vida, pero una vez más, había algo que no podía satisfacer: Su sentimiento de soledad. Por ello entonces, se quedó otra noche en vela, esperando a que la Luna apareciera. Y apareció.
Tras unas horas de conversación, el joven le explico a la Luna que la necesitaba, porque con ella, él no se sentía solo, y además, sentía que cuando hablaba, esas palabras le importaban a alguien, a la luna.
La Luna también sentía que junto al joven, se sentía mejor y más importante, porque desde siempre, el Sol se había llevado toda la fama, por lo que la luna también se sentía marginada.
Pasada esa noche, el niño sentía que debía tocarla. Tantos kilómetros de distancia, tanta soledad y tanta complicidad con ella, se expresaban en el simple hecho de que deseaba, aunque fuera con las yemas de los dedos, conseguir rozarla.
Tras un día horrible del joven, llegó la noche, y la Luna fue la que entabló conversación con él. Otra inolvidable conversación llevó a la luna a acercarse varios millones de kilómetros al niño.
La Luna iba a abrazarle, estaba muy cerca de él.
-Sabes que te voy a abrazar, ¿no? Dijo la Luna con una sonrisa en los labios.
-Lo sé. Yo también quiero abrazarte-, respondió el niño.
Estaban ya a centímetros el uno el otro, el abrazo era inminente…
-¡Venga hijo, despierta, que vas a llegar tarde al cole!-.
Todo fue un sueño. Demasiado bonito para ser real.
Nada más por hoy. Paz y amor.
Pasados unos años, llegó a casa abatido, no podía articular palabra. Por primera vez ni sonreía ni se sentía alegre. Su habitación se había convertido en su santuario, el lugar perfecto para dejar atrás el mundo real y alejarse de la gente que le perjudicaba.
Sin embargo, eso no le reportaba una verdadera felicidad. Ahora, únicamente lloraba, intentado buscar las razones de su soledad. Parecía que todo el mundo estaba en su contra. Fue entonces, cuando dejó de dormir con regularidad.
Una de esas noches en vela en las que bien leía, bien jugaba con el ordenador o bien escuchaba música, se asomó por la ventana y se fijó en la Luna. Estaba muy bonita aquella noche. Había luna llena.
El joven empezó a hablar a la Luna, como si de una confidente se tratara:
-Ay, luna, lunera, si tú supieras todo lo que tengo yo dentro de mí y quisiera soltar…-
-Cuéntame pues, que yo te escucho-, dijo la luna mostrando un grandísimo interés.
El joven se sorprendió. ¡La Luna hablaba!
Empezó entonces a contarle todo lo que le sucedía, ante la gran atención que mostraba la Luna. Tras contarle todo lo que le sucedía, se estaba haciendo de día, a lo que la Luna, mostrando una cierta prisa dijo:
-Ya me tengo que ir. Mañana si quieres, nos volvemos a ver-, dijo la Luna con un tono amistoso.
El joven, al amanecer y no haber dormido ni un ápice, obviamente se mostraría cansado y con ganas de dormir. Nada más lejos de la realidad.
Estaba rebosante de energía. Aquella conversación con la Luna, le reportó una energía vital para vivir, y lo más importante, una sonrisa en los labios.
Aquel día resultó ser uno de los mejores de su vida, pero una vez más, había algo que no podía satisfacer: Su sentimiento de soledad. Por ello entonces, se quedó otra noche en vela, esperando a que la Luna apareciera. Y apareció.
Tras unas horas de conversación, el joven le explico a la Luna que la necesitaba, porque con ella, él no se sentía solo, y además, sentía que cuando hablaba, esas palabras le importaban a alguien, a la luna.
La Luna también sentía que junto al joven, se sentía mejor y más importante, porque desde siempre, el Sol se había llevado toda la fama, por lo que la luna también se sentía marginada.
Pasada esa noche, el niño sentía que debía tocarla. Tantos kilómetros de distancia, tanta soledad y tanta complicidad con ella, se expresaban en el simple hecho de que deseaba, aunque fuera con las yemas de los dedos, conseguir rozarla.
Tras un día horrible del joven, llegó la noche, y la Luna fue la que entabló conversación con él. Otra inolvidable conversación llevó a la luna a acercarse varios millones de kilómetros al niño.
La Luna iba a abrazarle, estaba muy cerca de él.
-Sabes que te voy a abrazar, ¿no? Dijo la Luna con una sonrisa en los labios.
-Lo sé. Yo también quiero abrazarte-, respondió el niño.
Estaban ya a centímetros el uno el otro, el abrazo era inminente…
-¡Venga hijo, despierta, que vas a llegar tarde al cole!-.
Todo fue un sueño. Demasiado bonito para ser real.
Nada más por hoy. Paz y amor.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Habilidades.
El ser humano es pura hipocresía, no deja de sorprenderme. No es que no me considere humano, más bien, no me considero hipócrita.
De todos es sabido que cualquier ser humano, sea por la razón que sea, tiene una habilidad, por remota que sea. Que sí uno sabe chuparse la nariz con la punta de la lengua, que sí otra sabe hacerse sonar todos los huesos y articulaciones de su cuerpo, que sí otro sabe ponerse bizco adrede o que si otra sabe partir nueces con el cuello.
No me refiero a esas habilidades exactamente, sino a otras más prácticas, como por ejemplo, manejar ordenadores a la perfección, tener una comprensión sublime de las Matemáticas, ser capaz de levantar la moral de una persona por muy rota que esté o tener una velocidad extrema a la hora de tomar apuntes.
Sí ahondamos en la razón por la cual esa habilidad ha aflorado, podemos ver claramente que, en algún momento del pasado, ha sucedido algo maravilloso: Alguien te ha recompensado enormemente. Tú, ante ese suceso, te has sentido como Don Juan Carlos I: Lleno de orgullo y satisfacción. Vamos, que no cabes en ti. Obviamente, mucha gente te observa y ve en ti el perfecto ejemplo a seguir.
A los pocos días, observas en ciertas personas un comportamiento anómalo e inusual: ¡Están haciendo lo mismo que tú! No lo puedes creer, pero sin embargo, dentro de ti, se crea una antítesis: Te sientes feliz porque ves que tus habilidades son imitadas o al menos, intentado imitar por otras personas, pero a la vez, se crea un sentimiento de animadversión hacia esa persona, porque no te gusta que la gente te copie.
Tú, puedes sacar dos conclusiones: La primera es aceptar lo que estás viendo y seguir adelante sabiendo que, si alguien te copia, es una razón inequívoca de que tienes algo que despierta interés en el resto de las personas. Sin embargo, la segunda conclusión es debida a la falta de personalidad del resto. Con más motivo aún, sigues adelante convencido de que tu habilidad es muy buena y original.
Por ello y como moraleja se puede llegar a la siguiente afirmación: No te fijes en el resto de personas, tan sólo, continúa desarrollando tu habilidad, que seguro que si es única y personal, alguien se fijará en ella.
Por hoy, se acabó lo que se daba. Paz y amor.
De todos es sabido que cualquier ser humano, sea por la razón que sea, tiene una habilidad, por remota que sea. Que sí uno sabe chuparse la nariz con la punta de la lengua, que sí otra sabe hacerse sonar todos los huesos y articulaciones de su cuerpo, que sí otro sabe ponerse bizco adrede o que si otra sabe partir nueces con el cuello.
No me refiero a esas habilidades exactamente, sino a otras más prácticas, como por ejemplo, manejar ordenadores a la perfección, tener una comprensión sublime de las Matemáticas, ser capaz de levantar la moral de una persona por muy rota que esté o tener una velocidad extrema a la hora de tomar apuntes.
Sí ahondamos en la razón por la cual esa habilidad ha aflorado, podemos ver claramente que, en algún momento del pasado, ha sucedido algo maravilloso: Alguien te ha recompensado enormemente. Tú, ante ese suceso, te has sentido como Don Juan Carlos I: Lleno de orgullo y satisfacción. Vamos, que no cabes en ti. Obviamente, mucha gente te observa y ve en ti el perfecto ejemplo a seguir.
A los pocos días, observas en ciertas personas un comportamiento anómalo e inusual: ¡Están haciendo lo mismo que tú! No lo puedes creer, pero sin embargo, dentro de ti, se crea una antítesis: Te sientes feliz porque ves que tus habilidades son imitadas o al menos, intentado imitar por otras personas, pero a la vez, se crea un sentimiento de animadversión hacia esa persona, porque no te gusta que la gente te copie.
Tú, puedes sacar dos conclusiones: La primera es aceptar lo que estás viendo y seguir adelante sabiendo que, si alguien te copia, es una razón inequívoca de que tienes algo que despierta interés en el resto de las personas. Sin embargo, la segunda conclusión es debida a la falta de personalidad del resto. Con más motivo aún, sigues adelante convencido de que tu habilidad es muy buena y original.
Por ello y como moraleja se puede llegar a la siguiente afirmación: No te fijes en el resto de personas, tan sólo, continúa desarrollando tu habilidad, que seguro que si es única y personal, alguien se fijará en ella.
Por hoy, se acabó lo que se daba. Paz y amor.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Hacia atrás.
Queridos papá y mamá:
Necesito que me hagáis un favor. Un duro y gran favor. Volvedme niño otra vez, que no me gusta ser mayor. No me gusta crecer para nada.
Si mamá no lo consigue, papá, por favor, hazlo tú. Cualquiera de los dos, poned todo el empeño en conseguirlo, que no quiero ser mayor.
Quiero jugar en el parque.
Quiero saltar en los charcos sin importarme mancharme.
Quiero bañarme lleno de espuma.
Quiero que me cuenten un cuento cada noche.
Quiero que por las noches me arropen.
Quiero pintar y salirme de la línea.
Quiero jugar con mis coches de juguete.
Quiero jugar al Rescate.
Quiero levantarme los 6 de Enero lleno de ilusión.
Quiero tener ganas de ir al colegio.
Quiero volver a escribir mi primera carta de amor.
Quiero volver a sacar mi primer sobresaliente.
Quiero volver a tener mi primer beso.
Quiero volver a ser pequeño.
Quiero tantas cosas…
Sé que es un duro esfuerzo, pero yo apenas pido nunca nada. Tomadlo como el deseo de mi vida. No pediré nada más, os lo prometo. Vosotros me habéis dicho siempre que ojala me hiciera ya mayor para darme cuenta de la realidad de las cosas. Sí, ya las comprendo, pero no me gusta.
No me gusta tener responsabilidades.
No me gusta vivir en un mundo donde lo que reina es la falsedad.
No me gusta ver las noticias en las que siempre pasan cosas malas.
No me gusta ver que una mujer muere porque su marido ya no la quería.
No me gusta ver que la gente se pelee por cualquier tontería.
No me gusta saber qué es el terrorismo.
No me gusta ser mayor.
Pero sobre todo, lo que más ansío de ser pequeño, es no saber tantas cosas que ya sé.
No quiero saber qué es la pobreza.
No quiero saber que te pueden asesinar por unos míseros euros.
No quiero saber qué es la mentira.
No quiero saber qué es la política.
No quiero saber qué es un porro, ni un coma etílico, ni una raya.
No quiero saber qué se siente cuando se muere un amigo.
No quiero ver que la gente muere porque no tiene nada para comer.
No quiero ver a gente sola en la vida.
No quiero ser adulto.
Papá y mamá, ¿ya entendéis por qué quiero ser otra vez pequeño? Lo que quiero es ser otra vez ese pequeño e inocente niño, lleno de ilusiones, esperanzas y sueños por cumplir.
Nada más por hoy. Paz y amor.
Necesito que me hagáis un favor. Un duro y gran favor. Volvedme niño otra vez, que no me gusta ser mayor. No me gusta crecer para nada.
Si mamá no lo consigue, papá, por favor, hazlo tú. Cualquiera de los dos, poned todo el empeño en conseguirlo, que no quiero ser mayor.
Quiero jugar en el parque.
Quiero saltar en los charcos sin importarme mancharme.
Quiero bañarme lleno de espuma.
Quiero que me cuenten un cuento cada noche.
Quiero que por las noches me arropen.
Quiero pintar y salirme de la línea.
Quiero jugar con mis coches de juguete.
Quiero jugar al Rescate.
Quiero levantarme los 6 de Enero lleno de ilusión.
Quiero tener ganas de ir al colegio.
Quiero volver a escribir mi primera carta de amor.
Quiero volver a sacar mi primer sobresaliente.
Quiero volver a tener mi primer beso.
Quiero volver a ser pequeño.
Quiero tantas cosas…
Sé que es un duro esfuerzo, pero yo apenas pido nunca nada. Tomadlo como el deseo de mi vida. No pediré nada más, os lo prometo. Vosotros me habéis dicho siempre que ojala me hiciera ya mayor para darme cuenta de la realidad de las cosas. Sí, ya las comprendo, pero no me gusta.
No me gusta tener responsabilidades.
No me gusta vivir en un mundo donde lo que reina es la falsedad.
No me gusta ver las noticias en las que siempre pasan cosas malas.
No me gusta ver que una mujer muere porque su marido ya no la quería.
No me gusta ver que la gente se pelee por cualquier tontería.
No me gusta saber qué es el terrorismo.
No me gusta ser mayor.
Pero sobre todo, lo que más ansío de ser pequeño, es no saber tantas cosas que ya sé.
No quiero saber qué es la pobreza.
No quiero saber que te pueden asesinar por unos míseros euros.
No quiero saber qué es la mentira.
No quiero saber qué es la política.
No quiero saber qué es un porro, ni un coma etílico, ni una raya.
No quiero saber qué se siente cuando se muere un amigo.
No quiero ver que la gente muere porque no tiene nada para comer.
No quiero ver a gente sola en la vida.
No quiero ser adulto.
Papá y mamá, ¿ya entendéis por qué quiero ser otra vez pequeño? Lo que quiero es ser otra vez ese pequeño e inocente niño, lleno de ilusiones, esperanzas y sueños por cumplir.
Nada más por hoy. Paz y amor.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Aburrimiento/hambre.
¿Existe alguna relación entre el aburrimiento y el hambre? Yo creo que sí, pero para que podáis ver la diferencia, vamos a definir con precisión qué es aburrimiento y qué es hambre.
Voy a tirar de Wikipedia para definir. (Oye, si todo el mundo lo hace, ¿por qué iba a ser menos que el resto?)
Aburrimiento: Es el cansancio causado generalmente por disgustos o molestias, o por no tener nada que divierta y distraiga. Se le suele llamar también hastío. El término aburrimiento se acuña en el siglo XV, definiendo una enfermedad propia de los ricos cuando no tenían nada que hacer.
Con el paso de los siglos, el aburrimiento ha sido paulatinamente neutralizado, o al menos intentado neutralizar. La televisión, el teatro, el cine son algunos de los inventos que ha creado el hombre para eliminar por completo la situación de aburrimiento.
Hambre: Es la sensación que indica la necesidad de alimento. (Aquí la definición es un poco cachonda) Si ahondamos más en la definición, podemos ver que el hambre no es más que un estímulo que ejercen ciertas sustancias sobre nuestro cerebro.
Voy a intentar ensamblar hambre y aburrimiento.
Cuando las necesidades primarias tenemos satisfechas, buscamos la diversión en otros ámbitos, por ejemplo salir con los amigos, intentando que nuestro tiempo libre esté bien cubierto y, a ser posible, bien gastado.
Ahora, comemos, porque estamos demasiado aburridos y no podemos hacer otra cosa. Hay que tener en cuenta que no tener nada crea una ansiedad, y es por esto por lo que comemos. Comer que estamos aburridos nos provoca placer, placer inmediato, y lo más importante, placer sin esfuerzo.
Pero bien, ¿por qué comemos solamente alimentos determinados cuando estamos aburridos? Ingerimos determinados alimentos porque sabemos que nos provocan placer. Y el placer, nos provoca diversión ergo ya no estamos aburridos.
Por tanto, se puede llegar a la siguiente afirmación: El comer nos entretiene, pero únicamente cuando estamos aburridos porque el desayuno o la cena se consideran comidas importantes. Pero no porque nos aburramos. Sencillamente, porque lo necesitamos.
Y ahora, permitidme que vaya a picar algo. No es que me esté aburriendo, sino que es la hora de cenar.
Nada más por hoy. Paz y amor.
Voy a tirar de Wikipedia para definir. (Oye, si todo el mundo lo hace, ¿por qué iba a ser menos que el resto?)
Aburrimiento: Es el cansancio causado generalmente por disgustos o molestias, o por no tener nada que divierta y distraiga. Se le suele llamar también hastío. El término aburrimiento se acuña en el siglo XV, definiendo una enfermedad propia de los ricos cuando no tenían nada que hacer.
Con el paso de los siglos, el aburrimiento ha sido paulatinamente neutralizado, o al menos intentado neutralizar. La televisión, el teatro, el cine son algunos de los inventos que ha creado el hombre para eliminar por completo la situación de aburrimiento.
Hambre: Es la sensación que indica la necesidad de alimento. (Aquí la definición es un poco cachonda) Si ahondamos más en la definición, podemos ver que el hambre no es más que un estímulo que ejercen ciertas sustancias sobre nuestro cerebro.
Voy a intentar ensamblar hambre y aburrimiento.
Cuando las necesidades primarias tenemos satisfechas, buscamos la diversión en otros ámbitos, por ejemplo salir con los amigos, intentando que nuestro tiempo libre esté bien cubierto y, a ser posible, bien gastado.
Ahora, comemos, porque estamos demasiado aburridos y no podemos hacer otra cosa. Hay que tener en cuenta que no tener nada crea una ansiedad, y es por esto por lo que comemos. Comer que estamos aburridos nos provoca placer, placer inmediato, y lo más importante, placer sin esfuerzo.
Pero bien, ¿por qué comemos solamente alimentos determinados cuando estamos aburridos? Ingerimos determinados alimentos porque sabemos que nos provocan placer. Y el placer, nos provoca diversión ergo ya no estamos aburridos.
Por tanto, se puede llegar a la siguiente afirmación: El comer nos entretiene, pero únicamente cuando estamos aburridos porque el desayuno o la cena se consideran comidas importantes. Pero no porque nos aburramos. Sencillamente, porque lo necesitamos.
Y ahora, permitidme que vaya a picar algo. No es que me esté aburriendo, sino que es la hora de cenar.
Nada más por hoy. Paz y amor.
lunes, 1 de noviembre de 2010
No a quién fuiste. Sí a quién eres. (Parte 4 y final)
Tras la valiente y sincera demostración de amor de Martín, la parada de tren de Alba, había llegado.
Alba, al llegar a casa, se sintió fenomenal y fatal al mismo tiempo. Martín si, le gustaba mucho, pero guardaba un secreto que probablemente, le disgustaría mucho.
Al día siguiente, Martín estaba rebosante de felicidad, Alba justo al contrario. Estaba triste, apagada, seria.
Martín, al ver a Alba triste, un mar de dudas le asaltó la cabeza.
-Alba, me estás preocupando mucho. ¿Qué te pasa?- Preguntó Martín con demasiado ahínco.
- No pasa nada Martín, tan sólo es que tengo un día “chof”. Esa clase de días en los que prefieres estar en la cama todo el día- contestó Alba demostrando sinceridad.
Martín, parecía estar tranquilo con la respuesta de Alba, pero su corazón le decía que había algo más.
-Lo siento Alba, debo insistir en la pregunta. ¿Qué te pasa? Necesito saber la verdad - dijo Martín esta vez, en un tono muy serio.
-¿Quieres saber la verdad? Primero he de decirte que, te digo la verdad porque me importas mucho y a ti, no te quiero mentir en ningún aspecto.-
-Jo, Alba, ahora sí que me estás asustando, y mucho-, dijo Martín mientras sus gestos faciales torcían.
Alba sacó un papel del bolsillo y, llorando, se lo dio a Martín y se fue corriendo. Martín apenas tuvo tiempo para reaccionar.
Martín, empezó a leer el papel.
“Si estás leyendo esto, estas a punto de saber toda la verdad sobre mí. Mi adolescencia, fue horrible, pero te voy a dar los motivos por lo que lo fue.
He tenido dos novios y, no me compensaron para nada. El primer novio sí, me reportó felicidad, pero una felicidad a medias. Así que, decidimos dejarlo.
El segundo, fue el peor. Cuando llevábamos alrededor de seis meses, no sé qué fue diciendo por ahí que un día, apareció un grupo de chicas en mi casa soltando gravísimos insultos.
Put*, guarr*, zorr*. Esta es una pequeña parte de lo que decían.
Te puedo jurar que no había ninguna razón para que me llamaran eso. Y ya te digo que no sé qué pudo decir ese chico para que fuera humillada de esa forma.
No me atreví ni a mirarle a la cara. Tiempo después supe que se ganó una fama que no tenía a través de mi persona. La fama de ya no ser virgen.
En fin, espero que esto que acabas de leer no repercuta lo más mínimo en nuestra relación.
Te quiero mucho. Alba.”
Martín fue apresuradamente a casa de Alba, que sabía dónde vivía. Empezó a llamar al timbre como si la vida le fuera en ello y abrió la puerta Alba, con un pañuelo en la mano y los ojos rojos de tanto llorar.
Alba, intentó articular palabra, pero Martín no quería más explicaciones.
Momentos antes de besarla, Martín la susurró en el oído:
-No me importa quién fuiste. Me importa quién eres.-
Se acabó lo que se daba. Paz y amor.
Alba, al llegar a casa, se sintió fenomenal y fatal al mismo tiempo. Martín si, le gustaba mucho, pero guardaba un secreto que probablemente, le disgustaría mucho.
Al día siguiente, Martín estaba rebosante de felicidad, Alba justo al contrario. Estaba triste, apagada, seria.
Martín, al ver a Alba triste, un mar de dudas le asaltó la cabeza.
-Alba, me estás preocupando mucho. ¿Qué te pasa?- Preguntó Martín con demasiado ahínco.
- No pasa nada Martín, tan sólo es que tengo un día “chof”. Esa clase de días en los que prefieres estar en la cama todo el día- contestó Alba demostrando sinceridad.
Martín, parecía estar tranquilo con la respuesta de Alba, pero su corazón le decía que había algo más.
-Lo siento Alba, debo insistir en la pregunta. ¿Qué te pasa? Necesito saber la verdad - dijo Martín esta vez, en un tono muy serio.
-¿Quieres saber la verdad? Primero he de decirte que, te digo la verdad porque me importas mucho y a ti, no te quiero mentir en ningún aspecto.-
-Jo, Alba, ahora sí que me estás asustando, y mucho-, dijo Martín mientras sus gestos faciales torcían.
Alba sacó un papel del bolsillo y, llorando, se lo dio a Martín y se fue corriendo. Martín apenas tuvo tiempo para reaccionar.
Martín, empezó a leer el papel.
“Si estás leyendo esto, estas a punto de saber toda la verdad sobre mí. Mi adolescencia, fue horrible, pero te voy a dar los motivos por lo que lo fue.
He tenido dos novios y, no me compensaron para nada. El primer novio sí, me reportó felicidad, pero una felicidad a medias. Así que, decidimos dejarlo.
El segundo, fue el peor. Cuando llevábamos alrededor de seis meses, no sé qué fue diciendo por ahí que un día, apareció un grupo de chicas en mi casa soltando gravísimos insultos.
Put*, guarr*, zorr*. Esta es una pequeña parte de lo que decían.
Te puedo jurar que no había ninguna razón para que me llamaran eso. Y ya te digo que no sé qué pudo decir ese chico para que fuera humillada de esa forma.
No me atreví ni a mirarle a la cara. Tiempo después supe que se ganó una fama que no tenía a través de mi persona. La fama de ya no ser virgen.
En fin, espero que esto que acabas de leer no repercuta lo más mínimo en nuestra relación.
Te quiero mucho. Alba.”
Martín fue apresuradamente a casa de Alba, que sabía dónde vivía. Empezó a llamar al timbre como si la vida le fuera en ello y abrió la puerta Alba, con un pañuelo en la mano y los ojos rojos de tanto llorar.
Alba, intentó articular palabra, pero Martín no quería más explicaciones.
Momentos antes de besarla, Martín la susurró en el oído:
-No me importa quién fuiste. Me importa quién eres.-
Se acabó lo que se daba. Paz y amor.
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