Hola a todos. Hoy ya podía consultar qué grado (“carrera” antes del plan Bolonia y de aquí en adelante en ésta entrada) iba a hacer y en qué universidad estaba admitido.
Resulta de embustero para el que me conozca, que mi deseo no quería estudiar Periodismo, una carrera que elegí desde el primer momento que escuché al gran Paco González en su ya anticuado Carrusel Deportivo, donde con una naturalidad pasmosa y a la vez, divertida, conseguía entrar en mi habitación todos los fines de semana y días de diario cuando había partidos de Champions.
La verdad es que la profesión de periodista me parece una de las mejores del mundo, aunque por otra parte, tiene algún inconveniente que otro. Trabajas en lo que te gusta, hablando y escribiendo de lo que te encanta y además, cobras por ello. Envidiable.
Por otro lado, no es privado de que muchos (por no decir todos) periodistas del mundo, se tienen que enfrentar a algún personaje que afirma que lo que dice/escribe es mentira, llegando a temer incluso por su integridad física, pero esto, no suponía gran problema para elegir carrera.
Yo en mis trece y, a pesar de la mucha gente que me afirmaba que la carrera de Periodismo “tenía pocas salidas”, continué pregonando mi deseo de estudiar dicha carrera.
En el primer curso de Bachillerato, ya tenía las miras puestas en el Periodismo y, por tanto, a cada pregunta del tipo “¿qué quieres estudiar en un futuro?”, yo respondía orgulloso que Periodismo.
En el segundo curso, sucedió prácticamente lo mismo, hasta que, en mi segundo año de segundo (redundancia inevitable), topé con una estupenda profesora de Economía, que me abrió las puertas al mundo económico de una manera súper sencilla. Tanto fue así, que sin apenas esfuerzo, llegué a altas notas. Ese mundo (el económico), me empezaba a gustar y por ello, me empecé a interesar por temas que envolvían ese mundo, sobre todo, en periódicos y televisión.
Cuando el curso terminó y supe que en la preinscripción para la universidad había que seleccionar un total de doce carreras, decidí preguntar a dicha profesora que con qué carrera iban ligados todos estos conocimientos económicos. Su respuesta fue breve, clara y concisa: ADE. (Administración y Dirección de Empresas).
La copla de estas tres letras se quedó en mi cerebro hasta el momento de rellenar la preinscripción anteriormente mencionada.
Cuando hice la esperada y temida Selectividad, rellené un impreso donde había que rellenar las doce asignaturas que he citado anteriormente. Obviamente, la primera iba a ser Periodismo, eso era indiscutible. El dilema comenzó a partir de la segunda carrera a elegir: ADE y Magisterio se disputaban ser la opción alternativa.
Aquí, he de reconocer que tuve más quebraderos de cabeza pero, finalmente, escogí la primera, puesto que, en un orden de preferencias, puse por delante mis gustos verdaderos antes que los gustos más superficiales.
La espera resultó larga, pero pensaba que resultaría en Periodismo. Cuál fue la sorpresa que me quedé a una décima de la nota de corte del año pasado. En mi eterna ingenuidad, no podía esperar que la mayoría de las medias (a excepción de algunas), ascendieran (según mis preferencias) hasta en seis décimas de punto, pero así ha ocurrido.
Hoy, al ver que estaba admitido en Administración y no en Periodismo, a priori no me ha gustado, no lo niego, pero he pensado en frío y tal y como dice mi madre: Esto forma parte del destino. Si no has entrado en Periodismo, será por algo.
No puedo decir que Administración y Dirección de Empresas ha sido la primera opción desde siempre, pero puedo asegurar que es una opción de lo más atractiva e interesante para mí. No cabe duda de que voy a coger el curso desde el primer día con las mayores ganas del mundo.
Por último, me acuerdo de todos aquellos que, cuando han sabido la noticia de mi no admisión a Periodismo se han llevado una pequeña desilusión, debo decirles que para nada deben pensar así puesto que si he sido admitido en otro grado ha sido porque lo puse yo mismo y porque me gusta ésta carrera.
Así que, ni compasiones ni lamentaciones tienen sitio aquí. Sólo acepto ánimos, buenos deseos y recomendaciones para el mundo universitario que nunca vienen mal.
Nada más por hoy, chicos. Paz y amor.
miércoles, 20 de julio de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
No es verdad todo lo que te dicen.
La verdad es que hoy, el título de la entrada es una burda copia/adapatación del refrán: No es oro todo lo que reluce. Espero que ésta transcripción cogida con pinzas de lo mal hecha que está no os haga mucho daño a la vista. Dicho queda.
Frank era uno de los habitantes más viejos de Drumburgh, una ciudad inglesa, limítrofe con Escocia. Allí, pocas personas rondaban su edad, que se expresaba en una cifra de tres dígitos.
Hace tiempo, en una de las tertulias que mantenía con sus amigos de la ciudad mientras jugaba al póker, una gran afición allí, un tímido y rubio joven llamado Steve, se le acerco de soslayo, como si intentara no llamar la atención, pues Frank era campeón de Inglaterra de póker.
Tras vencer a todos sus amigos, el joven se atrevió a mantener un diálogo con él.
-Perdone señor, ¿es usted de quien todos mis amigos hablan?- preguntó Steve rozando el tartamudeo.
-Hombre, pues no sé de quién hablan tus amigos-, respondió Frank entre carcajadas.
El joven Steve le comentó a Frank que todos sus amigos comentaban lo buenísimo jugador de póker que era, que aprendió desde muy niño y ya con tempranas edades, conseguía derrotar a los más expertos jugadores.
El viejo Frank alardeó un poco de sus logros, pues quería dejar impresionado a Steve.
No obstante, la gran sonrisa que esbozaba se convirtió en una ligera mueca cuando Steve le comentó la mala fama que tenía Frank con respecto a su forma de jugar.
-Mucha gente dice que vas de perdedor, de que tienes malas cartas, para luego desbancar a todos-, dijo Steve timorato.
Añadió además, qué él mismo podría vencerle si tan mal jugador parecía, ridiculizando así su campeonato de póker y sus múltiples y grandiosas victorias.
Frank, al escuchar esto, entró en cólera y respondió a Steve chillando y profiriendo graves insultos. No obstante, le brindó la oportunidad de jugar contra él, para que viera con sus propios ojos lo “perdedor” que era. Todo un campeón nacional de Inglaterra.
El joven Steve, al ser derrotado de una manera rozando la humillación, éste le mostró sus respetos, rogándole disculpas, ya que padeció una vergüenza tremenda.
Pasado un tiempo, Steve se dirigió a casa de Frank, que se encontraba en la colina más alta de Drumburgh. El viejo Frank recordó instantáneamente al joven que le ofendió tiempo atrás, pero, no obstante, le invitó a entrar, ofreciéndole un té y unas pastas hechas a mano por su mujer.
Una vez sentados, acomodados y tomando aquel té, Steve se atrevió a preguntar a Frank por su técnica infalible, que él tenía la firme convicción de que quería ser el gran sucesor del ilustre Frank Johnson, campeón de Inglaterra de póker.
El viejo y ya cansado Frank, le mostró algunas técnicas para hacer que sus rivales se retiraran de grandes apuestas y poder así, llevarse todo el dinero que hubiera en la mesa de juego. El joven Steve mostraba muchas ganas de aprender, ya que escuchaba con una atención pasmosa.
Jugaron una partida para que el propio Steve pusiera en práctica todo lo que había aprendido de tal ilustre maestro.
La partida se desarrolló en el marco de una gran rivalidad, pues Steve quería demostrar a Frank, que estaba preparado para ser su sucesor, y el propio Frank, de que ningún rival, aún sabiendo sus técnicas, conseguiera derrotarle.
Casi al final de la partida, Steve ya se creía ganador, pues tenía un “full” (combinación de un trío de cartas de igual número más una pareja de igual forma) y, según los gestos de Frank, éste no tendría más que alguna pareja simple. Obviamente, Steve hizo un “all in” (apostar todas las fichas que se tienen), con claros gestos de que iba a ganar a todo un campeón de Inglaterra.
A la hora de levantar las cartas, Steve se quedó petrificado al ver la escalera de color de Frank que, obviamente, supera cualquier “all in”.
-Así es la vida, chaval. Tienes que empezar a no creer todo lo que te dicen-, dijo Frank a Steve mientras éste le daba un par de palmaditas en la espalda.
Steve, al abandonar la partida y la casa de Frank, éste murmulló entre dientes:
-Todo lo que se decía de ti era cierto, tan sólo tenía que comprobarlo por mí mismo-.
Nada más por hoy. Paz y amor.
Frank era uno de los habitantes más viejos de Drumburgh, una ciudad inglesa, limítrofe con Escocia. Allí, pocas personas rondaban su edad, que se expresaba en una cifra de tres dígitos.
Hace tiempo, en una de las tertulias que mantenía con sus amigos de la ciudad mientras jugaba al póker, una gran afición allí, un tímido y rubio joven llamado Steve, se le acerco de soslayo, como si intentara no llamar la atención, pues Frank era campeón de Inglaterra de póker.
Tras vencer a todos sus amigos, el joven se atrevió a mantener un diálogo con él.
-Perdone señor, ¿es usted de quien todos mis amigos hablan?- preguntó Steve rozando el tartamudeo.
-Hombre, pues no sé de quién hablan tus amigos-, respondió Frank entre carcajadas.
El joven Steve le comentó a Frank que todos sus amigos comentaban lo buenísimo jugador de póker que era, que aprendió desde muy niño y ya con tempranas edades, conseguía derrotar a los más expertos jugadores.
El viejo Frank alardeó un poco de sus logros, pues quería dejar impresionado a Steve.
No obstante, la gran sonrisa que esbozaba se convirtió en una ligera mueca cuando Steve le comentó la mala fama que tenía Frank con respecto a su forma de jugar.
-Mucha gente dice que vas de perdedor, de que tienes malas cartas, para luego desbancar a todos-, dijo Steve timorato.
Añadió además, qué él mismo podría vencerle si tan mal jugador parecía, ridiculizando así su campeonato de póker y sus múltiples y grandiosas victorias.
Frank, al escuchar esto, entró en cólera y respondió a Steve chillando y profiriendo graves insultos. No obstante, le brindó la oportunidad de jugar contra él, para que viera con sus propios ojos lo “perdedor” que era. Todo un campeón nacional de Inglaterra.
El joven Steve, al ser derrotado de una manera rozando la humillación, éste le mostró sus respetos, rogándole disculpas, ya que padeció una vergüenza tremenda.
Pasado un tiempo, Steve se dirigió a casa de Frank, que se encontraba en la colina más alta de Drumburgh. El viejo Frank recordó instantáneamente al joven que le ofendió tiempo atrás, pero, no obstante, le invitó a entrar, ofreciéndole un té y unas pastas hechas a mano por su mujer.
Una vez sentados, acomodados y tomando aquel té, Steve se atrevió a preguntar a Frank por su técnica infalible, que él tenía la firme convicción de que quería ser el gran sucesor del ilustre Frank Johnson, campeón de Inglaterra de póker.
El viejo y ya cansado Frank, le mostró algunas técnicas para hacer que sus rivales se retiraran de grandes apuestas y poder así, llevarse todo el dinero que hubiera en la mesa de juego. El joven Steve mostraba muchas ganas de aprender, ya que escuchaba con una atención pasmosa.
Jugaron una partida para que el propio Steve pusiera en práctica todo lo que había aprendido de tal ilustre maestro.
La partida se desarrolló en el marco de una gran rivalidad, pues Steve quería demostrar a Frank, que estaba preparado para ser su sucesor, y el propio Frank, de que ningún rival, aún sabiendo sus técnicas, conseguiera derrotarle.
Casi al final de la partida, Steve ya se creía ganador, pues tenía un “full” (combinación de un trío de cartas de igual número más una pareja de igual forma) y, según los gestos de Frank, éste no tendría más que alguna pareja simple. Obviamente, Steve hizo un “all in” (apostar todas las fichas que se tienen), con claros gestos de que iba a ganar a todo un campeón de Inglaterra.
A la hora de levantar las cartas, Steve se quedó petrificado al ver la escalera de color de Frank que, obviamente, supera cualquier “all in”.
-Así es la vida, chaval. Tienes que empezar a no creer todo lo que te dicen-, dijo Frank a Steve mientras éste le daba un par de palmaditas en la espalda.
Steve, al abandonar la partida y la casa de Frank, éste murmulló entre dientes:
-Todo lo que se decía de ti era cierto, tan sólo tenía que comprobarlo por mí mismo-.
Nada más por hoy. Paz y amor.
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