martes, 5 de enero de 2021

Daniel y Sara

La vida de Daniel parecía transcurrir con normalidad: Sus estudios marchaban bien después de una mala racha de suspensos, gozaba de unas amistades que no eran numerosas pero sí estaban justo cuando más lo necesitaba y no había ningún elemento que pudiera distorsionar el día a día de Daniel, recién adentrado en la veintena de edad. Por otra parte, Sara era una muchacha sencillamente espectacular, una joven que rozaba los veinte años de edad pero que tenía una visión completamente diferente de la de Daniel.

Sara era una joven alegre, una chica que hablaba con cientos de personas al día y que, en pocas ocasiones lloraba. Qué forma de sonreír, qué forma de mirar, qué forma de acariciar. Y es que aquella muchacha era simplemente perfecta, el boceto de un ángel personificado que bajó a la Tierra con el único propósito de colocarse delante de sus narices.

Al principio resultaba totalmente inalcanzable y más que una persona, parecía una utopía de melena morena y largas piernas. Pero poco a poco, aquella chica empezó a parecer mortal, empezó a hablar con él, a dirigirle la palabra. La felicidad rebosaba su alma, de nuevo tenía ganas de vivir, de comenzar un nuevo día con el único objetivo de volverla a ver y de que le dirigiera unas pocas palabras. A medida que pasaron los días, sus deseos se iban cumpliendo prácticamente a pares. Le saludaba, le hablaba y hasta sabía mi nombre. Todo alcanzó una dimensión nunca vista cuando conseguí, sibilinamente, declararse ante ella, decirle que le gustaba y que esperaba que fuera correspondido, aunque todo esto bañado en el mar de la vergüenza.

Y rebosó de alegría porque sus palabras confirmaban sus mayores deseos: Le gustaba, llevaba tiempo fijándose en él. Qué felicidad, qué alegría, qué sorpresa. La historia no podía tener un final feliz porque no podían estar juntos, a pesar de que todos los elementos formaban una excelente pareja. Ella se marchaba de viaje para no volver nunca más.

sábado, 2 de enero de 2021

Historia agridulce

Me propuse un objetivo nada más verte: Quería conocerte. Conocer lo que más te gusta y lo que más detestabas, saber tus miedos, conocerlos y evitar mencionarlos para no causarte ni el más mínimo rasguño, ni tan siquiera emocional. Me partí la cara por intentar llamar tu atención, que te fijaras en mí, que supieras que existo.

Y lo conseguí, te fijaste en mí. Vivimos una infinidad de momentos, momentos absurdos, momentos estúpidos, pero para mí eran los mejores momentos de mi vida, simplemente porque tú eras la protagonista y yo era una especie de actor secundario. Siempre secundario, siempre a la sombra de tu angelical belleza, de la suavidad de tu cara al rozarla con mis dedos. Nunca podría imaginar que pudieras siquiera acordarte de mi cumpleaños, de mi color favorito o de las canciones que hacen sentirme melancólico. Pero tú has descubierto todo: 8 de agosto, rojo y ‘Nothing else matters’, de Lucie Silvas. Ya no puedo esconderte nada, ni siquiera mis sentimientos. Sabes perfectamente cuándo estoy mal, cuándo tengo un mal día tienes el maldito remedio perfecto para aliviarme: Tu sonrisa. Esa expresión y esa forma de sonreír me derriten, te lo confieso.

Pero al igual que puedo loarte, también me apetece indicarte el camino a la tristeza, esa tristeza que me generas cada vez que me obvias, cada vez que me ignoras o cada vez que sugieres que prefieres estar sola antes de herirme porque según tú, soy una buena persona y no me lo merezco. No tenemos ningún futuro juntos, pero a mí me apetece imaginarme junto a ti todos los días de mi vida.