La vida de Daniel parecía transcurrir con normalidad: Sus estudios marchaban bien después de una mala racha de suspensos, gozaba de unas amistades que no eran numerosas pero sí estaban justo cuando más lo necesitaba y no había ningún elemento que pudiera distorsionar el día a día de Daniel, recién adentrado en la veintena de edad. Por otra parte, Sara era una muchacha sencillamente espectacular, una joven que rozaba los veinte años de edad pero que tenía una visión completamente diferente de la de Daniel.
Sara era una joven alegre, una chica que hablaba con cientos de personas al día y que, en pocas ocasiones lloraba. Qué forma de sonreír, qué forma de mirar, qué forma de acariciar. Y es que aquella muchacha era simplemente perfecta, el boceto de un ángel personificado que bajó a la Tierra con el único propósito de colocarse delante de sus narices.
Al principio resultaba totalmente inalcanzable y más que una persona, parecía una utopía de melena morena y largas piernas.
Pero poco a poco, aquella chica empezó a parecer mortal, empezó a hablar con él, a dirigirle la palabra. La felicidad rebosaba su alma, de nuevo tenía ganas de vivir, de comenzar un nuevo día con el único objetivo de volverla a ver y de que le dirigiera unas pocas palabras. A medida que pasaron los días, sus deseos se iban cumpliendo prácticamente a pares. Le saludaba, le hablaba y hasta sabía mi nombre.
Todo alcanzó una dimensión nunca vista cuando conseguí, sibilinamente, declararse ante ella, decirle que le gustaba y que esperaba que fuera correspondido, aunque todo esto bañado en el mar de la vergüenza.
Y rebosó de alegría porque sus palabras confirmaban sus mayores deseos: Le gustaba, llevaba tiempo fijándose en él. Qué felicidad, qué alegría, qué sorpresa. La historia no podía tener un final feliz porque no podían estar juntos, a pesar de que todos los elementos formaban una excelente pareja. Ella se marchaba de viaje para no volver nunca más.