Me propuse un objetivo nada más verte: Quería conocerte. Conocer lo que más te gusta y lo que más detestabas, saber tus miedos, conocerlos y evitar
mencionarlos para no causarte ni el más mínimo rasguño, ni tan siquiera emocional. Me partí la cara por intentar llamar tu atención, que te fijaras en mí, que supieras que existo.
Y lo conseguí, te fijaste en mí. Vivimos una infinidad de momentos, momentos absurdos, momentos estúpidos, pero para mí eran los mejores momentos de mi vida, simplemente porque tú eras la protagonista y yo era una especie de actor secundario. Siempre secundario, siempre a la sombra de
tu angelical belleza, de la suavidad de tu cara al rozarla con mis dedos. Nunca podría imaginar que pudieras siquiera acordarte de mi cumpleaños, de mi color favorito o de las canciones que hacen sentirme melancólico. Pero tú has descubierto todo: 8 de agosto, rojo y ‘Nothing else matters’, de Lucie Silvas. Ya no puedo esconderte nada, ni siquiera mis sentimientos. Sabes perfectamente cuándo estoy mal, cuándo tengo un mal día tienes el maldito remedio perfecto para aliviarme: Tu sonrisa. Esa expresión y esa forma de sonreír me derriten, te lo confieso.
Pero al igual que puedo loarte, también me apetece indicarte el camino a la tristeza, esa tristeza que me generas cada vez que me obvias, cada
vez que me ignoras o cada vez que sugieres que prefieres estar sola antes de herirme porque según tú, soy una buena persona y no me lo merezco. No tenemos ningún futuro juntos, pero a mí me apetece imaginarme junto a ti todos los días de mi vida.
En verdad, esa clase de personas, cuando más lejos, mejor.
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