Aquel joven rebosaba felicidad a cualquier hora del día, no se podía entristecer por nada del mundo. De los acontecimientos más macabros, sacaba siempre una nota positiva, algo que le hiciera sonreír y seguir adelante.
Pasados unos años, llegó a casa abatido, no podía articular palabra. Por primera vez ni sonreía ni se sentía alegre. Su habitación se había convertido en su santuario, el lugar perfecto para dejar atrás el mundo real y alejarse de la gente que le perjudicaba.
Sin embargo, eso no le reportaba una verdadera felicidad. Ahora, únicamente lloraba, intentado buscar las razones de su soledad. Parecía que todo el mundo estaba en su contra. Fue entonces, cuando dejó de dormir con regularidad.
Una de esas noches en vela en las que bien leía, bien jugaba con el ordenador o bien escuchaba música, se asomó por la ventana y se fijó en la Luna. Estaba muy bonita aquella noche. Había luna llena.
El joven empezó a hablar a la Luna, como si de una confidente se tratara:
-Ay, luna, lunera, si tú supieras todo lo que tengo yo dentro de mí y quisiera soltar…-
-Cuéntame pues, que yo te escucho-, dijo la luna mostrando un grandísimo interés.
El joven se sorprendió. ¡La Luna hablaba!
Empezó entonces a contarle todo lo que le sucedía, ante la gran atención que mostraba la Luna. Tras contarle todo lo que le sucedía, se estaba haciendo de día, a lo que la Luna, mostrando una cierta prisa dijo:
-Ya me tengo que ir. Mañana si quieres, nos volvemos a ver-, dijo la Luna con un tono amistoso.
El joven, al amanecer y no haber dormido ni un ápice, obviamente se mostraría cansado y con ganas de dormir. Nada más lejos de la realidad.
Estaba rebosante de energía. Aquella conversación con la Luna, le reportó una energía vital para vivir, y lo más importante, una sonrisa en los labios.
Aquel día resultó ser uno de los mejores de su vida, pero una vez más, había algo que no podía satisfacer: Su sentimiento de soledad. Por ello entonces, se quedó otra noche en vela, esperando a que la Luna apareciera. Y apareció.
Tras unas horas de conversación, el joven le explico a la Luna que la necesitaba, porque con ella, él no se sentía solo, y además, sentía que cuando hablaba, esas palabras le importaban a alguien, a la luna.
La Luna también sentía que junto al joven, se sentía mejor y más importante, porque desde siempre, el Sol se había llevado toda la fama, por lo que la luna también se sentía marginada.
Pasada esa noche, el niño sentía que debía tocarla. Tantos kilómetros de distancia, tanta soledad y tanta complicidad con ella, se expresaban en el simple hecho de que deseaba, aunque fuera con las yemas de los dedos, conseguir rozarla.
Tras un día horrible del joven, llegó la noche, y la Luna fue la que entabló conversación con él. Otra inolvidable conversación llevó a la luna a acercarse varios millones de kilómetros al niño.
La Luna iba a abrazarle, estaba muy cerca de él.
-Sabes que te voy a abrazar, ¿no? Dijo la Luna con una sonrisa en los labios.
-Lo sé. Yo también quiero abrazarte-, respondió el niño.
Estaban ya a centímetros el uno el otro, el abrazo era inminente…
-¡Venga hijo, despierta, que vas a llegar tarde al cole!-.
Todo fue un sueño. Demasiado bonito para ser real.
Nada más por hoy. Paz y amor.
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