Manuel era un muchacho joven, agradable y tímido, pero bastante divertido cuando se sentía a gusto con la gente que estaba a su alrededor. Tenía siempre la manía de llegar tarde a todos los sitios. Y no importaba si se planificaba el tiempo, ya resultara por cualquier causa, que siempre tenía que excusarse por haber llegado tarde.
Manuel, que cursaba 2º de Bachillerato, necesitaba de un autobús para llegar a su instituto todas las mañanas. Como ya he dicho anteriormente, Manuel era muy impuntual, por lo que os podéis imaginar cómo cogía el autobús todas las mañanas: deprisa y corriendo.
Cuando llegaba el autobús que precisaba coger, que por cierto, tenía calculada su llegada, lo cual hace más reprochable su actitud, siempre lo cogía deprisa y corriendo. Decía que era una tontería estar esperando mientras llovía, se asaba de calor o se moría de frío.
Manuel llegaba exhausto y jadeando, picaba el billete y se colocaba en el mismo lugar todas las mañanas: Siempre de pie cerca de la puerta. Decía que se colocaba ahí para cuando tuviera que bajar, no hubiera nadie que le cortara el paso hacia la salida.
Un día corriente en el que llegó al autobús sin respiración, mientras recuperaba el aliento y el autobús reemprendía la marcha, se fijó en una chica que no dejaba de mirar por la ventana del autobús. La joven, que subía al autobús 3 paradas antes que él, siempre tomaba asiento en el mismo lugar: segunda fila tras la puerta de salida, siempre en el lado de la ventana para poder mirar tras ella.
Cuando Manuel la miró, ella debió de sentir algo, probablemente que alguien la estaba mirando. Apartó la vista de la ventana y le miró. Era guapísima. Él apartó la mirada velozmente porque se moría de la vergüenza.
Cuando llegó a su parada y se bajó del autobús, esbozó una leve sonrisa que demostraba que algo había ocurrido, porque pocas veces agachaba la cabeza y se moría de la vergüenza ante una persona desconocida.
Al día siguiente, Manuel estuvo esperando al autobús, algo insólito en él, pero lo hizo con un objetivo: concienciarse de que no podía ser vergonzoso. Entonces, llegó el autobús. Ya antes de subir, él se percató de que la chica estaba en el mismo lugar de siempre: segunda fila tras la puerta de salida en el lado de la ventana.
Al subir al autobús, Manuel parecía un chico fuerte en sus convicciones, obligado a mantener el tipo ante la chica, pero no pudo hacerlo. La volvió a mirar. Volvió a pasar vergüenza, aunque esta vez era diferente: ella también sentía vergüenza, esgrimiendo una leve sonrisa tras mirarle.
Continuará. Paz y amor.
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