Rescato este microrrelato que escribí en la universidad, concretamente el 26 de febrero de 2016:
«¿Quién me iba a decir que me volvería a encontrar con ella en aquel autobús, nada más pasar por la estación de Saint-Lazare? Ella seguía tan hermosa como siempre. Seguía teniendo el pelo más rubio que jamás vi, los ojos más azules que mi memoria recuerda y la sonrisa más preciosa de la Tierra.
La parada de Saint-Lazare es digna de postal: sus árboles de hoja caduca y sus bancos de madera se vuelven bellísimos y especiales a la llegada del otoño, las hojas marrones que crujen al ser pisadas y, sobre todo, ese atardecer mágico que parecía eliminar todos los malos pensamientos.
Y en esa atmósfera paradisíaca, el autobús, ella y yo. El conductor, en ese momento perfecto, decidió frenar bruscamente para que melena rubia y mi barba pelirroja se encontrasen en esta vida. Ella sonrió y se tocó el pelo. Yo me sonrojé y pensé que nunca más volvería a ver a una persona tan perfecta.
Craso error. Volveré a verla todos los días de mi vida. Mi mujer tiene el pelo más rubio que jamás vi, los ojos más azules que mi memoria recuerda y la sonrisa más preciosa de la Tierra».
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