sábado, 15 de enero de 2011

Castillo de naipes.

Paloma e Ignacio eran compañeros de clase, y lo habían sido además, durante muchos años. Un día, Ignacio notó algo en Paloma, algo especial, algo diferente.

Él se quedo sorprendido, porque consideraba a Paloma como una persona importante en su vida, sin llegar a ser nada, ni siquiera amigos, porque sólo coincidían en la clase. No quedaban por las tardes, ni coincidían en ningún sitio que no estuviera relacionado con el colegio.

Ignacio habló con su mejor amigo, ese que siempre le aconsejaba sobre los temas más peliagudos de su vida. Para él, resultaba un apoyo esencial en su vida, porque no tenía a nadie a la que contar todos los problemas e inquietudes que iba teniendo a lo largo de su vida.

Martín le recomendó que esperara, que no fuera deprisa y corriendo, que sabía de gente que por mucho correr, pronto paró. Ignacio escuchaba atentamente a Martín, como si de un abuelo contando una historieta a su nieto se tratara. Al final de la conversación, Ignacio se quedó satisfecho y convencido de que esperar era lo que debía hacer.

Teóricamente debía esperar, pero su corazón pisaba cada vez con más fuerza el pedal del acelerador del amor. Ya no podía más. Cada día, se sentía desbordado por la belleza de la joven, su simpatía, su aroma, su alegría, pero sobre todo, por su sentido del humor. Ignacio no se lo explicaba, pero todos los días, Paloma hacía reír a Ignacio.

Si Ignacio no se lo explicaba, yo tampoco. Se reía de unas cosas tan absurdas, que me daban ganas de coger a Ignacio por las solapas, darle en la cara y reanimarle, porque parecía inconsciente. Emocionalmente, claro.

Ignacio entonces, cometió la mayor estupidez del mundo mundial, universal, galáctico y catedralicio de todos los tiempos: Contar todo lo que le estaba sucediendo, a una chica. Pero el error no acaba ahí. El remate final del error fue que Ignacio se lo contó a su amiga. El no sabía que Paloma y la chica esta fueran tan amigas, pero lo eran. E Ignacio la fastidió, pero a base de bien.

Al principio, Ignacio se sintió híper-aliviado, por aquello de soltar todo lo que tenía adentro, pero nada más lejos de la realidad. Las circunstancias se volvieron contra él cual boomerang que vuelve para darte en los morros.

La actitud de Paloma entonces, se volvió más que fría, gélida, antártica, polar..., y se me acaban los adjetivos que indiquen frío.

Paloma e Ignacio ya no iban juntos a clase, como hacían cada mañana, no se juntaban en el recreo para hablar, es más, ni se hablaban. Ignacio se sentía fatal, por no haber hecho caso a su amigo Martín, pero sabía que debía correr algún tipo de riesgo con el afán de conseguir a esa muchacha. Al fin y al cabo, todo el mundo, alguna vez en su vida debe cometer riesgos.

El martirio de Ignacio no acaba aquí. Una tarde, a la salida del instituto, se dio el gustazo de caminar por un parque que colindaba a su casa, aprovechando que ya Paloma no iba con él, podía dar un tranquilo paseo mientras escuchaba música con aquellos cascos gigantes que le hacían evadirse del mundo.

Fue entonces cuando, a lo lejos, Ignacio se fijó en aquel banco donde solía hablar con Paloma durante horas. A veces hablaban de algo, y a veces de nada, pero hablaban.
Ignacio se percató de que había una pareja y la chica, llevaba el mismo abrigo que Paloma.
-Anda que si es Paloma, no sé donde me voy a meter-, se dijo a sí mismo Ignacio.
Pues sí, aparte de ser Paloma, estaba con un chico. Y sí, estaban besándose.

Triple decepción para Ignacio que, de acuerdo, no tenía nada con Paloma, pero él sentía que alguien le había quitado algo que, en algún momento, pudo ser suyo.

Nada más por hoy. Sed buenos. Paz y amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario