Alberto era un
chico bastante normal. Simpático, alegre, atento y preocupado por los
demás. En cuanto a su vida personal, no se podía quejar, pues contaba con una
familia que siempre le apoyaba y le espoleaba cuando éste más lo necesitaba.
Además contaba con Ana, su novia, cuyo objetivo era que
siempre fuera feliz. Y si no lo era, hacía todo lo posible porque así fuera.
Si Alberto tenía la cara larga, Ana sabía al instante que le
pasaba algo. Así que en ese momento, Ana se ponía en acción e intentaba sonsacar
a Alberto toda la información posible para encontrar el motivo de su
preocupación.
Para Ana, este hecho resultaba ser una tarea bastante
sencilla pues cuando Alberto se ponía a hablar, la raíz de su malestar salía
rápidamente a la luz.
Y en ese momento, Alberto volvía a ser un chico nuevo, pues
alguien había escuchado todas sus preocupaciones.
A la hora de reír, Alberto era genial. Simplemente, se reía
de cualquier circunstancia que se prestase a ello pues, decía siempre que
"para ser una persona graciosa, primero has de reírte de ti mismo".
Y se reía de muchas cosas: de chistes absurdos, de las fotos
que se hacía con su novia poniendo caras graciosas, recordando frases de Los
Simpsons -su serie favorita y la de su novia-, de las cosquillas que Ana le
hacía o de las tonterías que él mismo hacía para ver a Ana sonreír, algo que le
encantaba pues le hacía muy feliz.
Para Alberto reírse es algo muy importante, pues es síntoma
claro de felicidad, de estar bien con un mismo y con alguien, pues se irradia
paz, tranquilidad y armonía.
Todo parecía muy bonito, la relación con Ana estaba bastante
asentada, pero últimamente, Alberto no era el de siempre. No tenía ganas de
nada, no le apetecía hacer nada y apenas se reía. Ante eso, Ana se asustaba
mucho, porque pensaba muchas veces que era culpa suya y que en cualquier
momento Alberto le podría dejar.
Y todas esas veces en las que Ana pensaba así, Alberto
siempre decía lo mismo, que era la universidad, que le agobiaba mucho y que
veía muy negro el curso.
En el momento en el que Ana lanzaba un suspiro de alivio
porque la relación no estaba en peligro, intentaba consolar a Alberto a la vez
que lo animaba para seguir adelante con el mejor de los espíritus, para que no
fuera tan negativo, para que contemplara la posibilidad de afrontar todo desde
un lado positivo para resolver mejor los problemas que se le pusieran delante y
ser más optimista en la vida.
Y así era Ana , una chica sencilla, sincera y divertida, dispuesta
a hacer todo lo posible para que su novio fuera feliz y tuviera una sonrisa
eterna en su boca.
Y Alberto estaba dispuesto a lo mismo. Por ella… todo.
Nada más. Paz y amor.
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