sábado, 16 de junio de 2012

Todo.

Esta entrada va dedicada a alguien muy especial para mí. Ella lo sabe, así que, perfecto. Como igual sabe todo lo que la quiero.

Alberto era un chico bastante normal. Simpático, alegre, atento y preocupado por los demás. En cuanto a su vida personal, no se podía quejar, pues contaba con una familia que siempre le apoyaba y le espoleaba cuando éste más lo necesitaba.
Además contaba con Ana, su novia, cuyo objetivo era que siempre fuera feliz. Y si no lo era, hacía todo lo posible porque así fuera.

Si Alberto tenía la cara larga, Ana sabía al instante que le pasaba algo. Así que en ese momento, Ana se ponía en acción e intentaba sonsacar a Alberto toda la información posible para encontrar el motivo de su preocupación.
Para Ana, este hecho resultaba ser una tarea bastante sencilla pues cuando Alberto se ponía a hablar, la raíz de su malestar salía rápidamente a la luz.
Y en ese momento, Alberto volvía a ser un chico nuevo, pues alguien había escuchado todas sus preocupaciones.

A la hora de reír, Alberto era genial. Simplemente, se reía de cualquier circunstancia que se prestase a ello pues, decía siempre que "para ser una persona graciosa, primero has de reírte de ti mismo".

Y se reía de muchas cosas: de chistes absurdos, de las fotos que se hacía con su novia poniendo caras graciosas, recordando frases de Los Simpsons -su serie favorita y la de su novia-, de las cosquillas que Ana le hacía o de las tonterías que él mismo hacía para ver a Ana sonreír, algo que le encantaba pues le hacía muy feliz.
Para Alberto reírse es algo muy importante, pues es síntoma claro de felicidad, de estar bien con un mismo y con alguien, pues se irradia paz, tranquilidad y armonía.

Todo parecía muy bonito, la relación con Ana  estaba bastante asentada, pero últimamente, Alberto no era el de siempre. No tenía ganas de nada, no le apetecía hacer nada y apenas se reía. Ante eso, Ana se asustaba mucho, porque pensaba muchas veces que era culpa suya y que en cualquier momento Alberto le podría dejar.
Y todas esas veces en las que Ana pensaba así, Alberto siempre decía lo mismo, que era la universidad, que le agobiaba mucho y que veía muy negro el curso.

En el momento en el que Ana  lanzaba un suspiro de alivio porque la relación no estaba en peligro, intentaba consolar a Alberto a la vez que lo animaba para seguir adelante con el mejor de los espíritus, para que no fuera tan negativo, para que contemplara la posibilidad de afrontar todo desde un lado positivo para resolver mejor los problemas que se le pusieran delante y ser más optimista en la vida.

Y así era Ana , una chica sencilla, sincera y divertida, dispuesta a hacer todo lo posible para que su novio fuera feliz y tuviera una sonrisa eterna en su boca.

Y Alberto estaba dispuesto a lo mismo. Por ella… todo.

Nada más. Paz y amor.

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