miércoles, 15 de agosto de 2012

Gente mayor, espíritu joven.

Roberto y Eva habían vivido toda una vida juntos. Habían sido novios, marido y mujer, padres y abuelos. Habían vivido millones de experiencias, habían visitado miles de lugares y habían experimentado infinidad de preciosos momentos.

Cuando Roberto y Eva se cambiaron de casa, se mudaron a la montaña, a un valle donde no había más que brillante y verde hierba de la que emanaba un aroma único y maravilloso. Eva lo pidió así, quería vivir en la montaña porque la ciudad ya le empezaba a abrumar porque las personas ancianas no suelen desenvolverse muy bien en las grandes ciudades.
Roberto sabía en qué parte de la ciudad estaba todo y se manejaba bien en la gran ciudad, pero hacía todo lo que estaba a su alcance para que Eva fuera feliz. Y así fue.

Los días iban pasando en pro de un descanso que se habían ganado durante décadas trabajando duramente para poder mantener una familia que se había ido ampliando con el paso de las generaciones. Ahora los nietos correteaban por aquella casa todos los domingos, dando un toque de vivacidad a aquel lugar.

Ambos vivían felices, tranquilos y después de muchísimos años, se seguían queriendo como el primer día que empezaron a salir como novios. De hecho, aún recuerdan juntos ese primer día, el primer día en que se besaron.

Era una tarde de viernes en un conocido parque de la ciudad donde ambos vivían. Roberto y Eva dieron un paseo por allí puesto que ambos pensaban que ese sitio era precioso e idílico. Roberto estaba cansado después de andar mucho y Eva no dudó un momento en sentarse en cualquier banco para descansar. Al fin y al cabo, ella también estaba cansada.

Como Roberto y Eva estaban pasando mucha vergüenza porque ambos mostraban signos claros de que se querían, Roberto le pidió a Eva que le contara algo para romper el hielo. Cualquier cosa.
Le contó que lo estaba pasando muy bien, pero que, a la vez, estaba pasando mucho frío. Y era verdad, hacía mucho frío y corría un aire que acrecentaba los efectos del frío. Sus manos heladas le delataban.

Como es normal, le tocaba a Roberto contar algo, y Eva le espoleó, mostrando un lenguaje no verbal que indicaba que cualquier cosa que le contase, le gustaría. Y así fue. Siempre lo recordará.
Roberto, en una situación que le daba mucho corte, pidió a Eva que cerrara los ojos, que tenía que contar algo, pero con los ojos cerrados. Ella, con múltiples sonrisas, acabó por hacer caso a Roberto. Cerró los ojos, pero no dejaba de sonreír.

Roberto se llenó de valor, tomó aire y lentamente, besó a Eva. Fue maravilloso y ambos lo recordarán, porque fue un momento perfecto que pasaron con la persona que realmente querían. Después de eso, empezaron a salir como novios.

Y justo después de recordar aquellos momentos tan maravillosos, ambos esbozaron una sonrisa y se tomaron de las manos, demostrando así que nada de aquel espíritu se había esfumado con el tiempo.

Después de rememorar aquellos días que formaban parte del pasado, resultó ser San Valentín, día de los enamorados. Como es costumbre, los enamorados se hacen regalos entre sí, demostrando así el amor y el cariño que tienen por el otro.

Roberto salió muy por la mañana y muy deprisa. Tanto fue así que Eva no se percató de la ausencia de Roberto en la habitación mientras dormía.
A mediodía, llegó Roberto, montado en esa bici que él mismo reparó y restauró, pintada en aquel color azul que tanto le gustaba. En la cesta trasera de la bicicleta había un paquete. Eva lo vio, pero se hizo la distraída porque sabía que era una sorpresa, pero no quería estropearla.

Cuando ambos terminaron de comer, Roberto entregó su regalo a Eva, que lo abrió con impaciencia y con una sonrisa en la boca. Resultaba ser una caja en la que Roberto guardaba todas las cartas que Eva le escribía durante todos los años que llevaban juntos. Estaban todas. Desde la primera que le escribió cuando empezaron a ser novios hasta la última, que estaba fechada hacía una semana atrás.

Cuando Roberto le entregó el regalo, tenía la firme convicción de que ella no le regalaría nada. Al fin y al cabo, él no le había visto a Eva tramar ni esconder nada que pudiera parecer un regalo. Entonces, la expresión del rostro de Roberto se volvió menos alegre y cada vez más triste pero, justo cuando se iba a levantar de la mesa, Eva le sorprendió con una caja  envuelta en papel de regalo rojo.

Cuando Roberto abrió el regalo, sonrió. Eran álbumes. Montones de álbumes con todas las fotos que se habían hecho desde que empezaron a salir. Mostraban millones de momentos y en millones de sitios, pero siempre juntos.

Justo en el momento en que se entregaron los regalos, Eva le entregó una nueva carta que escribió con su puño y letra. Roberto la puso en la caja donde estaban todas las cartas y Eva sacó la cámara para hacerse una nueva foto que incluir en el álbum.

Y así iban ambos disfrutando de los días. Con los inevitables efectos del paso de la edad pero echando la vista atrás, recordando esa historia de amor que aún continuaba y en la que ellos eran los plenos protagonistas.

Nada más por hoy. Paz y amor.

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