El mundo está en continuo movimiento. Nada permanece en quietud. Todo se mueve aunque sea un milímetro.
Hace años vi a un niño que los viernes por la tarde iba a la cafetería donde yo tomaba café. Llegaba, y se ponía de puntillas delante del mostrador, esperando a que algún camarero le atendiera.
Un día, el niño llegó y, como era costumbre, repetía el protocolo al entrar en la cafetería, entraba sin hacer ruido con los cascabeles instalados en la puerta, llegaba al final del mostrador el lugar reservado para el tránsito de camareros y se ponía de puntillas. Pasados unos minutos, un camarero joven que recientemente fue contratado, se fijó en el chaval.
-¿Qué quieres, "peque"?- dijo el camarero.
-Tres churros, por favor- respondió educadamente el niño.
El camarero metió los churros en la típica y común bolsa marrón de papel, el niño pagó las pesetas pertinentes y se fue.
El niño, con el paso del tiempo, iba creciendo, pero no dejaba de acudir a su cita de los viernes.
Otro día, me encontré al mismo joven, esta vez, con una chica. Supongo que sería su novia. En mi opinión, tener novia no debe alterar los planes que uno tiene, sino que debe haber una complementación entre los planes propios y los planes del prójimo.
Pasado el tiempo, me encontré al mismo chico acompañado de la misma chica que una vez me encontré. Obviamente, más crecidos. No sé cómo pude reconocerlos. Apuesto a que fueron los gestos. Esos gestos únicos y propios eran los que le delataban. Ambos estaban guapísimos. Se les veía tan felices que sentí un pálpito. Y mis pálpitos nunca son en vano.
Al paso del tiempo, diría que en torno al año y medio o dos (no recuerdo bien), otro viernes cualquiera, apareció el mismo joven acompañado de la misma mujer, pero empujando con delicadeza un carrito de bebé. Eran ellos. Lo sabía. Lo sentía.
Yo y mi café eran sagrados, al igual que él y sus churros, aunque supongo que a medida que creció, pedía más churros, alejándose de los siempre y coquetos 3 churros.
Ambas citas eran igual a una acción mecanizada, que cuando la dejas de hacer, sientes como si te faltara algo dentro de ti.
A medida que pasaba el tiempo, el joven, dejó de serlo y se le empezó a clarear el pelo. Una tarde de viernes cualquiera, apareció él, y a su lado, agarrado de la mano, una personita risueña y divertida con esa carita de niño bueno y, a la vez, de bicho.
Pero esa personita, fue creciendo y creciendo, siguiendo los pasos exactos que siguió su padre una vez. Eso sí, el día era inamovible. Los viernes por la tarde eran cita obligada. Yo, mientras tanto, no dejaba de observarles maravillado por lo que estaba teniendo lugar delante de mis narices.
Otro viernes cualquiera, apareció un señor entrado en años, sus canas eran ya mucho más que evidentes.
De la mano de éste apareció una niñita con coletas rubias y de gestos tímidos. El abuelo entró a la cafetería de la mano de la niñita y ocupó dos banquetas situadas exactamente al lado del "Reservado" para los camareros.
-Tres churros por favor.- dijo el abuelo educadamente.
Lo escuché, lo entendí.
En ese momento supe que era él. En ese momento supe que la vida es más que vivirla. También es darla.
Nada más por hoy. Paz y amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario