sábado, 18 de diciembre de 2010

Saber mirar.

Mucho madrugar, poco descansar, levantarse rápido, ducharse a toda pastilla, desayunar poco y mal, vestirse deprisa y corriendo y salir de casa pitando. Éste era el día a día de Juan, un joven inteligente y cauto, que vivía a toda prisa, llegando tarde a todos los sitios, con una excusa para cualquier circunstancia contraria a él.

El justo contrario era Ana, una joven que dominaba todos los aspectos que acaecían en su vida. Llegaba siempre puntual a todos los sitios, de cualquier circunstancia adversa veía su lado positivo y trataba siempre de estar perfecta tanto en el vestir como en el maquillarse.

Juan y Ana eran dos amigos que se conocían desde la infancia. Se compenetraban a la perfección. Con una simple mirada, uno podía saber qué le pasaba al otro, en qué estaba pensando o qué quería en ese justo momento.
A ambos les agradaban, prácticamente, las mismas cosas: Ver una película con una bolsa de chucherías, tener una buena conversación con la persona que se prestara para la ocasión o, simplemente, dar largos paseos por el parque más conocido de la ciudad.

En otro de los múltiples paseos que daban, llegaron a una cafetería. Juan miró a Ana.
-¿Entramos? Tengo algo de sed y me gustaría sentarme un rato, que mis pies están cansados-, dijo Ana con esa cara de buena chica que ponía siempre que quería conseguir algo de Juan.
Al entrar en la cafetería, se sentaron en la última y más alejada mesa del local, destinada únicamente a 2 personas.

El camarero tardó un rato en venir para tomarles nota. Mientras tanto, Juan y Ana estuvieron charlando sobre las carreras que podían escoger al hacer la Selectividad.
En el momento que Ana dijo que le encantaría hacer Biología, el camarero se acercó y les dijo:
-Hola chicos, ¿qué queréis tomar?-.
Rápidamente, Juan se desmarcó y habló por los dos:
-Dos “fantas” de naranja, por favor-, dijo educadamente al camarero.
Ana continuó hablando de las ventajas que tenía estudiar biología, mientras Juan la escuchaba atentamente.

El camarero llegó entonces para servir a los jóvenes. 2 “fantas” de naranja y un pequeño platito de patatas fritas.
Fue entonces cuando Juan empezó a meterse, de forma cariñosa, con Ana, diciéndola que no se había peinado bien el pelo, que no conocía la ciudad o que no sabía escribir tan bien como lo hacía él.

De repente, Juan miró a Ana. Vio en esos ojos azules, propios de unos dibujos animados, algo que nunca antes había visto. Ana entonces, vio lo mismo en los verdes ojos de Juan.

Sus respectivos corazones empezaron a palpitar apresuradamente, porque habían captado algo que jamás habían captado: Algo más que una amistad.

Gente, nada más por hoy. Paz y amor.

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