Martín empezaba la universidad. Estaba contento porque por fin iba a estudiar lo que quería.
Pero este hecho, tenía como consecuencia un inconveniente: La universidad quedaba a más de una hora de trayecto en tren.
Para Martín esto no suponía un gran problema. Tenía que levantarse muy pronto, eso sí, pero la satisfacción y realización que sentía eran impagables.
Iba solo en el tren, no le hacía falta nada más. Algún día que otro echaba alguna cabezadita en el trayecto, pero la mayoría de las veces, iba escuchando música para ir entonándose anímicamente.
Personalmente no se podía quejar. Tenía una familia que siempre le apoyaba y un par de buenos amigos en los que siempre podía confiar. Sentimentalmente estaba, como me dijo una vez, –sin rumbo y a la deriva-.
Ninguna de las experiencias amorosas que tuvo salió bien. Todas las relaciones que tuvo, de alguna manera u otra, cojeaban de alguna de las múltiples patas que el amor tiene. Tras su última relación opinó, que ya no creía en el amor, que sólo algunos suertudos lo encuentran y que, tipos como él, viven en la soledad más absoluta.
Un martes cualquiera, iba en el tren, mientras sonaba su canción favorita y articulando con sus manos el solo de guitarra de la canción. De repente, el tren llegó a una de las estaciones y subió a él Alba, una joven de pelo castaño y de más o menos alta estatura, con una carpeta en la mano y el bolso colgado en su hombro.
Por arte de magia, Martín se hipnotizó absolutamente y quedó prendado de ella al segundo.
Martín tenía una máxima con las chicas: Nunca te des la vuelta para mirar a una chica. Y así fue. Alba pasó a su lado y Martín tuvo que contener la mirada, como si hubiera una pared entre él y ella. Cuando pasó por su lado, a Martín se le escapó una sonrisa. El olor embriagador de Alba parecía llevarle al paraíso.
Nada más por hoy. Paz y amor. Y continuará...
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