viernes, 29 de octubre de 2010

No a quién fuiste. Sí a quién eres. (Parte 2)

Alba se sentó un par de filas más atrás de donde lo había hecho Martín. Esto supuso que Martín, en algún momento u otro, si quería verla otra vez, debía desobedecer una de sus máximas. Pero el hecho en sí, a Martín le podía. No aguantaba más sin mirarla.

Martín se giró y la vio otra vez. Era guapísima, nadie lo podía negar. Justamente, Alba estaba mirando por el cristal, observando cómo el sol hacía acto de presencia en cada vez, más lugares. Alba estaba dejando de mirar por el cristal, Martín debía volver a su posición inicial. Y lo hizo, pero no a la velocidad indicada. Tal fue así, que Alba se dio cuenta y se la escapó una leve sonrisa.

Si seguimos la máxima de Martín, había quedado mal, pero si seguimos la ley natural, había hecho reír a Alba. Indirectamente, si, pero lo había hecho.
Martín siguió escuchando música y Alba se puso a leer, como si ambos se hubieran olvidado mutuamente. Pero no es así. Alba también cayó en la tentación. Cada vez que pasaba una página, levantaba la mirada hacia Martín.

Llegó la parada. Martín se bajó y emprendió un pequeño camino hasta su facultad. Al llegar, encontró a antiguos compañeros de instituto con los que entabló conversación, ya que no conocía a absolutamente nadie más en su clase. Pero Martín percibió un olor. Un olor conocido, pero que no recordaba de qué persona era. Como Martín era muy testarudo, se puso a pensar concienzudamente hasta averiguarlo. Sin resultado.

El primer día en la universidad había terminado y en el viaje de vuelta, Martín no escuchó música. Se puso a pensar. Intentaba recordar de quién era ese olor. Le resultaba muy familiar, pero no conseguía averiguarlo.

Al día siguiente, en el viaje de vuelta a casa, Martín tampoco escuchó música y siguió intentando recordar a quién pertenecía ese olor.
Martín era muy testarudo y no permitía dejar de recordar nada. Su amor propio por tanto, estaba actuando por orgullo. Orgullo personal.
Su memoria estaba fallando, y Martín se enfado consigo mismo hasta que volvió a percibir ese olor.

-¡Ese olor, otra vez! ¡Tengo que saber de quién es!-. Pensó Martín siguiendo el reguero olfativo.
A medida que avanzaba, el olor se hacía más intenso. De repente, apareció Alba.

-Hola. Me llamo Alba. Te he visto estos días en el tren. ¿Cómo te llamas?- entablando con Martín una conversación.
-Pues me llamo Martín y yo a ti también te he visto estos días-. Contestó Martín ruborizado.

Se sentaron juntos en el tren y se pusieron a hablar como si se conocieran de toda la vida. Descubrieron que tenían muchas aficiones en común.

La parada de Alba había llegado.
-Me tengo que ir. Mañana nos vemos-. Dijo Alba saliendo a la carrera.

Nada más por hoy. Paz y amor.

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